fbpx

La “Economía del Bien Común”, inspirada principalmente por el economista austríaco Christian Felber, es una teoría relativamente reciente que va ganando adeptos en el mundo. Se propone como un modelo económico que supere la dicotomía entre capitalismo y comunismo para maximizar el bienestar de nuestra sociedad.

 

Es natural que un objetivo de tal magnitud sea considerado con una expectativa moderada: por un lado, resulta más que probable que una inmensa mayoría adhiera a esta idea de un mundo mejor; y por el otro, el temor al desencanto introduce una dosis de pesimismo ante la convicción de que las fuerzas que debemos enfrentar para instalar aquél cometido son inmensamente poderosas como para vencer su resistencia al cambio.

 

Más aún, si reparamos en el hecho de que la EBC no sustituye al capitalismo, sino que le impone condiciones para que la economía esté al servicio de las personas, y no al revés. Se observa, claramente, que se abre un debate apasionado.

 

“Consultor apasionado”, fue la manera en que se presentó Iván del Caz, que junto con Javier Goicoetxea vinieron desde el País Vasco a contarnos algo acerca de esto de la “EBC”, acompañados de nuestra colega Renée Carrelo, dedicada a difundir y trabajar en nuestro país en esta propuesta.

 

Nos encontramos en el confortable salón del Instituto Argentino de Investigaciones de la Economía Social (IAIES), con la presencia de su Presidente, Ing. José Pablo Puzino, de miembros del CGCyM y numerosos invitados atraídos por la calidad de los invitados y la temática.

 

Javier e Iván, cada uno a su turno, en una exposición clara y concisa, desgranaron los principales conceptos que postula la EBC: los recursos son finitos, por lo tanto no puede haber crecimiento infinito; el dinero es solo un medio para alcanzar el bien común; los productos y servicios de las empresas del bien común deberían ser apreciados por los consumidores por sobre los demás; las empresas no competirían sino que colaborarían entre sí; el Producto Interno Bruto (PBI) sería reemplazado por un indicador de la “felicidad nacional bruta” (como en el Reino de Bután).

 

La EBC tiene una herramienta de evaluación, que es la Matriz del Bien Común. En ella no se distinguen empresas con y sin fines de lucro; se considera que una empresa, por el solo hecho de incorporarse a la temática, ya está dentro de la EBC.

 

En esta matriz se ubican en vertical a cinco grupos de contacto: proveedores; financiadores; empleados inclusive propietarios; clientes, productos, servicios, propietarios; ámbito social; y un último renglón reservado a los criterios negativos. En horizontal los valores de: dignidad humana; solidaridad; sostenibilidad ecológica; justicia social; participación democrática y transparencia. Cada una de las intersecciones plantea una situación que tiene una puntuación relativa, cuya suma máxima (considerando que no haya factores negativos) puede alcanzar a 1.000 puntos. Estos puntos se dividen en cinco niveles de colores: 1. Rojo de 0 a 200; 2. Naranja de 201 a 400; 3. Amarillo de 402 a 600; 4. Verde claro de 601 a 800; y 5. Verde de 801 a 1.000. Estos niveles –y hay aquí una idea muy interesante- permitirían etiquetar a los productos y servicios con el color que le corresponda a la empresa, y de tal modo los consumidores tendrían la posibilidad de elegir según el grado de cumplimiento con el bien común.

 

Las exposiciones dieron lugar luego a preguntas que generaron algún debate, tal como si desde el ámbito de las entidades sin fines de lucro debemos ubicarnos únicamente en la perspectiva de la Economía Social o si, en cambio, nos planteamos el desafío de ocupar un espacio creciente en “la” economía, a secas. Si algo quedó claro, es que estamos disputando espacios de poder, y que la EBC no se reduce a una utopía y, que, en todo caso, llevando adelante estas consignas estaremos abriendo el camino para una sociedad más justa, en un mundo sustentable.

 

Informe a cargo del Lic. Jorge Núñez (Secretario del CGCyM)

Ir a la barra de herramientas